- Cuando se le pregunta qué dejó Ingeniería 2030 en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Concepción, el Profesor Emérito Claudio Zaror Zaror no habla primero de laboratorios ni de cifras. Habla de personas que aprendieron a conocerse y de una Facultad que comenzó a funcionar de manera distinta.
Desde ahí comienza su reflexión sobre lo que significó Ingeniería 2030 para la Facultad de Ingeniería. “El cambio más profundo no es necesariamente el que aparece en los indicadores: fue cultural”, comentó el académico del Departamento de Ingeniería Química, quien lideró el proyecto desde sus inicios y fue uno de los principales articuladores de un proceso que se extendió por cerca de doce años.
La Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) aprobó a fines de julio pasado el Informe Técnico Final del proyecto ING20300005, “Consolidación del plan estratégico de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Concepción”, reconociendo avances coherentes y articulados con el plan de desarrollo propuesto, con cumplimiento de los hitos definidos y una implementación efectiva de las estrategias planteadas.
La comunicación oficial detalla logros en ocho ejes estratégicos que transformaron de manera profunda el quehacer académico, investigativo y de vinculación de la Facultad.
Un antes y un después
Antes del programa, recuerda, los departamentos de la Facultad funcionaban en buena medida como compartimentos separados. “Yo cuando me hice cargo de esto tampoco conocía a nadie fuera de mi departamento”, reconoce Zaror.
Las reuniones entre distintas unidades, los equipos transversales, las jornadas de trabajo y posteriormente los encuentros masivos de la comunidad comenzaron a modificar esa dinámica. Prácticas que inicialmente podían sentirse artificiales o impuestas terminaron incorporándose a la vida cotidiana.
“Prácticas que en un momento determinado fueron medias artificiales y después se volvieron naturales. Y ese para mí es el cambio fundamental”.
Ese proceso no ocurrió únicamente en reuniones de trabajo. Zaror recuerda también la importancia que tuvieron las primeras actividades capaces de reunir a académicos de distintos departamentos y, posteriormente, al personal administrativo. Instancias que hoy parecen habituales eran entonces excepcionales y contribuyeron, a su juicio, a generar un sentido de pertenencia que antes prácticamente no existía.
El académico es cuidadoso, sin embargo, en no atribuir a Ingeniería 2030 cada uno de los avances registrados por la Facultad durante este período. El crecimiento de la productividad científica, por ejemplo, también responde al recambio generacional, a incentivos universitarios y a transformaciones que estaban ocurriendo paralelamente.
El aporte del programa estuvo, desde su perspectiva, en actuar como catalizador: acelerar cambios, conectarlos bajo una estrategia común y generar condiciones para que terminaran incorporándose a la manera habitual de trabajar.
A ello se sumó la creación y fortalecimiento de unidades especializadas de apoyo a la gestión académica, la docencia, la vinculación y otras áreas que permitieron sostener esos procesos en el tiempo.
“El soporte que existe hoy a la actividad académica es totalmente diferente”, afirma Zaror. “Hay una cuestión más estructural que permitió darle continuidad a lo que era un proyecto y convertirlo en un cambio permanente”.
Entre las señales concretas de esa transformación institucional se encuentra también la creación de nuevas capacidades de articulación con el entorno, entre ellas el Consejo Asesor de la Facultad y la consolidación de figuras de apoyo para conectar la investigación con las necesidades del sector productivo.
Sostener el rumbo a pesar de los cambios
Durante los doce años del programa la Facultad atravesó distintas administraciones, cambios de autoridades, resistencias internas y períodos de desgaste. Zaror reconoce que hubo momentos en que la presión acumulada hizo difícil continuar.
“Hubo un momento en que incluso me faltaron energías como para seguir. Renuncié una vez”, recuerda.
Una de las decisiones que considera determinantes fue dejar de presentar Ingeniería 2030 como un proyecto externo y comenzar a integrarlo directamente en la gestión de la Facultad.
“Cuando dejamos de hablar del proyecto y lo incorporamos dentro de la vida de la Facultad, cambió todo. Porque los profesores ya lo veían como algo que tenía fin”.
Para Zaror, la continuidad también fue posible porque distintos liderazgos asumieron responsabilidades en momentos diferentes. Cada administración, con sus propios énfasis, fue incorporando parte de la estrategia y dando continuidad a procesos que ya habían comenzado.
Eso permitió que Ingeniería 2030 dejara progresivamente de identificarse con un equipo determinado y pasara a expresarse en estructuras, prácticas y decisiones institucionales.
“Yo creo que Ingeniería 2030 todavía sigue”, plantea. “Se metió dentro de la forma de vida de la Facultad, en su visión del futuro, en la estrategia”.
Volver al centro: los estudiantes
Uno de los giros que Zaror considera más significativos fue recuperar el foco en la formación.
Durante años, explica, el peso creciente de la investigación, las publicaciones y los proyectos había desplazado parcialmente la discusión sobre docencia.
“La investigación era lo más importante”, recuerda. “Y volver al foco de que los importantes son los estudiantes… uno dice, pero obvio. Pero no era tan evidente antes”.
Ese regreso al estudiante no significó solamente realizar modificaciones curriculares. También implicó comenzar a observar el proceso formativo de manera diferente.
La Facultad avanzó tempranamente en el uso de indicadores de retención, progresión y desempeño por carrera y comenzó a preguntarse no solo cuántos estudiantes aprobaban o se titulaban, sino qué competencias estaban efectivamente desarrollando durante su trayectoria universitaria.
Para Zaror, esa forma de entender la calidad fue fundamental.
“No se puede saber si tenemos éxito o no, si no sabemos qué es lo que estamos tratando de obtener”, plantea al recordar las discusiones que comenzaron a instalarse durante esos años.
La lógica de seguimiento y mejora continua fue configurando una cultura de gestión académica que posteriormente dialogaría con sistemas institucionales desarrollados por la propia Universidad.
En paralelo, la Facultad avanzó en procesos como la acreditación internacional de carreras bajo estándares ABET, la actualización curricular y la reducción de la duración formal de las ingenierías, junto con el fortalecimiento de nuevas metodologías y espacios de innovación.
La asignatura obligatoria Introducción a la Innovación en Ingeniería llegó a estudiantes de primer año de las distintas carreras, mientras iniciativas como Gearbox ayudaron a instalar tempranamente conceptos de innovación y emprendimiento dentro de la formación.
La transformación también tuvo expresión en materia de equidad y participación, con un crecimiento sostenido de la presencia de mujeres y la incorporación progresiva de nuevas perspectivas en la formación y en la vida universitaria.
Y, contrariamente al temor de que una mayor atención a la docencia pudiera debilitar la investigación, Zaror sostiene que ocurrió lo contrario.
“Cuando ves los indicadores, es todo al revés. Ha crecido la investigación. Pero también la docencia volvió a tener el impacto o la importancia que siempre debió tener”.
Otro de los aprendizajes relevantes fue comenzar a utilizar información para tomar decisiones.
Indicadores que hoy parecen habituales —retención, avance curricular, diferencias entre carreras o puntos críticos en la trayectoria estudiantil— comenzaron progresivamente a formar parte de la conversación académica.
Ese aprendizaje permitió pasar desde una visión centrada principalmente en administrar asignaturas hacia otra preocupada por comprender el proceso formativo completo.
Para Zaror, allí existe uno de los cambios menos visibles, pero más permanentes: entender que mejorar exige primero saber qué se quiere lograr y contar con evidencia que permita determinar si efectivamente se está avanzando.
Esa lógica, sostiene, terminó extendiéndose más allá de la propia Facultad y dialogando con transformaciones posteriores de la Universidad en materia de aseguramiento de la calidad y gestión académica.
El desafío que viene: enseñar a pensar
La irrupción de la Inteligencia Artificial sostiene, obliga a repensar desde la base qué significa formar un ingeniero en un contexto en que el acceso al conocimiento ha cambiado radicalmente.
“¿Es enseñar contenido o enseñar a pensar?”, se pregunta.
“El contenido hoy lo tienes en cualquier pantalla. Lo que no te da ninguna pantalla es cómo relacionas ese contenido con la vida, con las personas, con los procesos sociales y ecológicos que están ocurriendo en el mundo”.
Desde esa perspectiva, el desafío de la educación en ingeniería ya no estaría simplemente en transmitir conocimiento científico-técnico, sino en desarrollar pensamiento crítico, capacidad de buscar y evaluar evidencia, razonamiento ético y comprensión del contexto en el que se aplicará ese conocimiento.
Para ello, agrega, también será necesario modificar progresivamente el rol del académico.
“Yo veo que los profesores de aquí a treinta años más van a ser coaches, orientadores, capaces de hacer las preguntas claves desde la empatía”.
La ingeniería, sostiene, tiene condiciones especialmente favorables para avanzar en esa dirección porque trabaja naturalmente a partir de problemas reales. El desafío será dejar de utilizar esos problemas únicamente como herramientas para enseñar contenidos y transformarlos en oportunidades para integrar conocimiento técnico con dimensiones sociales, ambientales y humanas.
Para Zaror, ese cambio lleva a una pregunta todavía más profunda: qué tipo de profesional debe formar una Facultad de Ingeniería.
Se trata, plantea, de avanzar desde una visión centrada exclusivamente en preparar “agentes productivos” hacia la formación de profesionales capaces de reconocerse también como agentes de cambio social, integrando conocimiento técnico con responsabilidad, respeto por las personas y el entorno, empatía, honestidad e integridad.
Es, en definitiva, una nueva (o siguiente) transformación cultural.






